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¡Viva el gran fascismo
liberal! Por: Daniel
Samper Ospina. 16/12/08
Confieso que siempre he tenido un sentimiento encontrado
por los curas. Hay unos que admiro profundamente por
su compromiso con la niñez abandonada, como el
padre Javier de Nicoló; hay otros que han demostrado
que también tienen palito para los niños,
aunque de una manera un poco más literal, como
el padre Rozo, acusado de pedofilia. Y hay otros que
usan brackets y cantan baladas, como el padre Chucho,
que no sé a cuál grupo pertenecen, o si
incluso hacen parte de los niños.
En esta era de Uribe me sucede algo extraño,
y es que me cuesta trabajo reconocer cuál funcionario
es cura y cuál no. Todos parecen sacerdotes.
¿El de prensa es cura? El de Invercolsa que habla
como si fuera obispo, ¿es monseñor de
Manizales? Y uno que anda pregonando que los jóvenes
deben aguantarse el gustico y eleva una mirada llena
de fervor y locura cuando visita al padre Marianito:
¿es párroco de un pueblito paisa?
Pero el que más pinta de cura tiene, y de cura
de la edad media, es el doctor Alejandro Ordóñez
Maldonado, futuro procurador.
Pensaba abstenerme de escribir sobre él porque
alguna vez me demandó infructuosamente por haber
hecho una parodia de la última cena con una mujer
desnuda en la revista SoHo, pero creo que haberlo padecido
me da más autoridad para referirme a él.
Aquella vez fue interesante presenciar de cerca a un
extremista religioso: un ejemplar que yo creía
que existía sólo en la ficción;
que cree ciegamente que la moral le pertenece, que piensa
que los únicos valores útiles a la sociedad
son las virtudes católicas que pregona, y cuya
vehemencia medieval era parecida a la de Ricardo Corazón
de León, aquel pariente lejano del presidente
Uribe.
Su inevitable elección como Procurador se suma
a un ambiente cargado de actitudes retrógradas
y oscurantistas que se han propagado con el gobierno
de Uribe, como la del senador cristiano Víctor
Velásquez, escandalizado porque en una comedia
de televisión aparecía una pareja homosexual.
No sé por qué estos extremistas religiosos
tienen la obsesión de perseguir lo que no les
gusta: si les molesta una revista, no les basta con
no comprarla: necesitan llevarla a juicio; si la homosexualidad
no es de su preferencia, no les es suficiente con casarse
tranquilamente con una mujer: necesitan perseguir a
los homosexuales. Y aunque no tengan útero, procuran
decirles a las mujeres lo que deben hacer con él.
Sorprendido ante su inminente elección, llamé
a un amigo que es congresista del Polo para que nos
quejáramos juntos. —¿Puede
creer lo que se nos viene? -le dije. —No es
para tanto -empezó a escurrirse-. Ordóñez
es un hombre que lucha por los valores, que últimamente
se han perdido. —Sobre todo en Wall street
-le dije desencajado.
Busqué entonces a un senador liberal que consideraba
serio. Le dije que según recortes de prensa,
en julio del 82 Ordóñez asaltó
la biblioteca Gabriel Turbay junto con un grupo de extremistas
vestidos con boinas negras para quitar libros y pinturas
que atentaran contra lo que ellos entienden por moral,
como si lo inmoral no fuera asaltar bibliotecas.
—Al menos es franco -me respondió
con una parsimonia sospechosa. —Franco no:
franquista.
Acudí a los congresistas que conozco y por los
que he votado y que, en teoría, eran progresistas;
les recordé la importancia de que por encima
de los valores religiosos permanezcan las conquistas
de la ilustración, el respeto a las libertades,
la defensa de las minorías: todas ideas contrarias
al talante del doctor Ordóñez.
Pero fue en vano: tanto mis amigos de izquierda como
mis conocidos liberales me dieron todo tipo de argumentos
de mantequilla, resbaladizos y blandos, para traicionarse
sin angustia en beneficio de los puestos que ya debieron
negociar.
Yo me imagino que el doctor Ordóñez sueña
con hacer una cruzada a favor de la castidad y con vivir
en una sociedad en la que las únicas parejas
legales sean entre hombres y mujeres: nada de una mujer
y una mujer, o un cura y un seminarista, o un ser humano
y un hincha de Millonarios.
Esa es la visión medieval e intolerante del doctor
Ordóñez, pero hay que reconocer que al
menos es consistente: ha sido reaccionario desde chiquito,
de frente y sin disimulos, como los funcionarios que
parecen curas en esta era uribista.
Su actitud es grave pero no triste. Lo triste es saber
que, salvo las excepciones que veremos, los únicos
liberales valiosos que nos quedan son los que venden
en las tiendas. Y que no hay cura que más apriete
que la del mismo Polo.
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