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Lo Nuevo (y no tanto) de los
actuales
movimientos sociales en Latinoamérica
Americalatina21. 21/12/08
Los debates respecto de los movimientos sociales latinoamericanos
han centrado una parte importante de la discusión
política e intelectual de la última década.
Desde el surgimiento del Ejercito Zapatista, con la
famosa frase del Subcomandante de “Mandar obedeciendo”,
pasando por las luchas del Movimiento de los Sin Tierra,
o los movimientos contra la privatizaciones en Paraguay
o en Bolivia, con la Guerra del Agua en Cochabamba,
los movimientos han pasado de ser masa que sigue a determinados
colectivos políticos, a ser protagonistas principales
de la construcción de las fuerzas políticas
y electorales de sus propios países.
Se trata de un enjambre de peleas, iniciadas en los
años 80’y 90’, que fueron redefiniendo
el escenario en donde se situaba la lucha política
y social en el continente.El peso político de
los movimientos sociales ha crecido hasta convertirse
en el eje sobre el cual se sostiene gran parte del actual
proceso de transformación que se vive hoy en
los distintos países de América Latina.
Sin embargo, el excesivo énfasis en las lecturas
centro europeas respecto de los movimientos sociales
ha hecho muchas veces incomprensible el entender a estos
movimientos en su contexto latinoamericano. Para ello
es necesario ir más allá de una categorización
que rompa con conceptualizaciones como la “sociedad
civil”, que la social democracia europea impuso
como dogma para interpretar todo aquello que estaba
más allá del sistema de partidos políticos.
Las nuevas formas organizativas y de generación
de conciencia a nivel social han ido construyéndose
de forma dispersa en el continente, guardando un arraigo
profundo en las condiciones sociales y políticas
históricas propias de cada país.
Es así como, por ejemplo, en Bolivia es imposible
entender el peso actual del movimiento campesino, sin
entender como este movimiento tradicional fue “intervenido”
por el tradicional movimiento de trabajadores de la
minería, luego del cierre de las minas de Oruro,
a mediados de los 80’, con el desplazamiento de
miles de ex mineros a los campos de Cochabamba, lugar
al que llevaron no sólo sus familias, sino también,
su formas de organización y lucha.
De la misma forma, al actual movimiento indigenista
que recorre Latinoamérica, si bien guarda una
profunda raíz campesina, tienen características,
cada vez más, marcadamente urbanas. Por ello,
sus luchas incorporan elementos adicionales a las reivindicaciones
históricas por la tierra. Suman, por ejemplo,
demandas por el derecho a la educación, ya no
sólo a nivel básico, sino también
a nivel universitario. Incluso en el caso de movimiento
estudiantil universitario, cuna de los movimientos revolucionarios
de los 50’ a los 70’, podemos hablar de
cambios sensibles.
El proceso de elitización de las últimas
décadas transformó por completo el mapa
ideológico al interior de las aulas universitarias.
Sólo así podemos entender hoy, como los
movimientos universitarios latinoamericanos tienden
a sumarse más a las posiciones de la derecha
que a la de los gobiernos populares. En definitiva,
lo actuales movimientos sociales no constituyen una
base homogénea, dado que las transformaciones
históricas han diversificado los actores.
Cuesta hablar ya con los viejos esquemas como el movimiento
campesino, el movimiento obrero o el movimiento de los
universitarios. Hoy son los Sin tierra, los Sin casa,
los deudores, los trabajadores de precarizados o las
organizaciones de los sin trabajo, las agrupaciones
de pequeños comerciantes, de ambulantes. Para
algunos esta dispersión cuestiona la capacidad
de golpear más fuerte. Sin embargo, como ha quedado
demostrado de sobra en los distintos países del
continente, esta dispersión ha favorecido, por
su amplitud, una radicalidad y masividad que parecía
pérdida en el continente americano.
En toda esta amplitud, sin embargo, existen algunos
elementos que caracterizan a los movimientos sociales
que han emergido en los últimos 20 años
en el contexto latinoamericano. El
carácter rupturista de los nuevos movimientos
sociales
El debilitamiento de la estructura de partidos políticos
en el contexto histórico regional mundial junto
con la desestructuración de los antiguos referentes
sociales, tales como el sindicalismo o los movimientos
estudiantiles universitarios, posibilitó la emergencia
de formas de organización social radical que
no se construyeron en la vieja dicotomía de partido-frente
de masas.
El proceso de movilización social, posterior
a la Segunda Guerra Mundial, y que en Latinoamérica
tomó la forma de fuertes movimientos políticos,
incluso de carácter revolucionario, como el caso
de Cuba, fue frenado por la emergencia de las dictadura
militares desde de los 50’. Sólo algunas
de las incipientes democracias tuvieron el tiempo de
consolidar sus estructuras partidistas y a través
de ellas, sus respectivos sistemas de partidos políticos.
Las dictaduras militares, ampliamente mayoritarias entre
los 60’ y 70’, cumplieron su rol al contener
los procesos sociales a costa de romper las débiles
institucionalidades y fomentar la inutilidad de los
partidos políticos, como formas de representación
y canalización de las demandas sociales.
Ya desde los 80’, las nuevas democracias, que
no contaban con una solidez estructural, se vieron involucradas
de lleno en la implementación de las políticas
de ajuste económico propiciadas por el FMI a
través del llamado Consenso de Washington. El
rol del Estado en la promoción de un modelo económico
neoliberal, promotor de una desregulación total
de las relaciones sociales entregadas al libre mercado,
generó un desprestigió creciente de la
clase política, haciendo perder la ya mermada
legitimidad con la que contaba el sistema de partidos
políticos.
Los abundantes casos de corrupción, el empeoramiento
radical de las condiciones de vida de enormes sectores
de la población y la inseguridad social, contribuyeron
de manera significativa a la pérdida de la capacidad
de control del Estado sobre los actores sociales. Desprestigiadas
las instituciones políticas, se dio pie a la
generación, a lo largo del continente, de formas
más o menos orgánicas de movimientalidad
social que pusieron los objetivos de sus movilizaciones
mucho más allá de lograr una mera “inclusión
de sus demandas” en la agenda institucional.
Habiendo crecido al margen del sistema de partidos políticos,
los movimientos actuales se plantean desde una posición
rupturista, tanto con las formas de representación
(sistema de partidos), como con el modelo económico
en su fase neoliberal.
Su rechazo al sistema de partidos políticos está
en la génesis de su construcción, ya que
relaciona su necesidad de expresar sus contenidos y
demandas directamente, debido a que las fuerzas políticas
tradicionales, o son incapaces, o no tienen ningún
interés en hacerlo.
De ahí entonces su radical rechazo a las formas
tradicionales de la política, y a la imagen de
“la clase política” como actor intermediario
de sus demandas. Sobretodo cuando estas demandas se
encuentran profundamente relacionadas con las transformaciones
del modelo económico que dejan a merced del mercado
las condiciones de vida de millones de personas.
Movimientos sociales
al margen de la izquierda
Otro elemento que podemos destacar como rasgo característico
de los actuales movimientos sociales latinoamericanos
es la relación existente entre estos movimientos
y la izquierda más radical.
No hablamos aquí de los intentos de instalar
una izquierda socialdemócrata en países
como Chile (Lagos, Bachelet), Bolivia (Mesa) Argentina
(De la Rua), Brasil (Cardoso), o Perú (Toledo)
que en la gran mayoría de los casos terminaron
con estruendosos fracasos. Sino, de la izquierda partidista
que jugó después de la Segunda Guerra
Mundial un rol central en la política en el continente
americano.
Luego de la crisis de la izquierda vanguardista de los
60’-70’, se construyó un distanciamiento
creciente entre las organizaciones políticas
de izquierda y los movimientos sociales.
El fracaso de las revoluciones democráticas,
como la de Allende, o de las revoluciones armadas, en
el caso de Nicaragua o El Salvador, llevó a muchos
sectores sociales a cuestionar las capacidades de las
agrupaciones de izquierda para desarrollar lo procesos
o conducir las movilizaciones populares.
Además, el surgimiento de ciertas prácticas
de trabajo militante en orgánicas cerradas favoreció
las prácticas sobre-ideologizadas que alejaban
a la izquierda de la realidad en donde trataba de realizar
su trabajo político.
Este proceso generó una desconfianza desde los
sectores sociales hacia los partidos políticos
en general, haciendo posible la emergencia de un discurso,
desde los movimientos sociales, de reivindicación
de formas autónomas de trabajo que fueran capaces
de traspasar los viejos esquemas de la izquierda militante.
La discusión de la autonomía cobró,
y lo sigue haciendo, un rol cada vez más central
en los debates de las direcciones de los movimientos
sociales. Esto, sobretodo, en la medida en que los movimientos
crecían e iban teniendo cada vez más peso
en la coyuntura política nacional y hacía
más evidente la posibilidad de que los movimientos
pudiesen ser “usados” por determinadas fuerzas
políticas.
Así también, cobraron una importancia
central la discusión sobre las formas organizativas
necesarias para romper con la posible manipulación
de los partidos al interior de los movimientos. De ahí
la introducción de formas más horizontales
y asamblearias en la toma de decisiones.
Sin embargo, pese a este distanciamiento, y a la existencia
real de esta desconfianza, muchos militantes, y ex militantes
de las distintas organizaciones de izquierda forman
parte importante de las estructuras dirigentes de las
distintas organizaciones sociales. Se trata de una relación
que no está exenta de tensiones y de contradicciones.
Por otro lado, la alta presencia de militantes de organizaciones
de izquierda en la administración del Estado
en países como Venezuela, Bolivia, si bien constituye
el sustento de la acción política del
gobierno, es a la vez un factor de tensión con
los movimientos sociales que visualizan a ciertas formas
burocráticas de manejo como un elemento propio
de las prácticas de la izquierda.
En definitiva, existe un desalineamiento entre lo que
fueron los procesos de emergencia de los movimientos
sociales y el declive del peso político de la
izquierda radical, en el mismo período. Hoy,
ambos actores se encuentran en un proceso político
de mutua dependencia y enfrentando una necesaria redefinición
de sus relaciones. Movimientos
sociales corporativistas
La implementación del modelo neoliberal, en los
80’ y 90’, causó estragos en las
condiciones de vida de los sectores populares y un proceso
de inestabilidad laboral y social sin precedentes en
las clases medias latinoamericanas.
Pero, la lucha contra la implantación de las
medidas de reforma económica, propias del modelo
neoliberal, fue encabezada por los sectores populares,
aunque en algunos casos contó con el respaldo
explícito de las clases medias.
Estas luchas se dieron de forma más o menos espontánea,
no articuladas alrededor de grandes referentes políticos
como lo había sido en la etapa anterior a la
llegada de las dictaduras. Casi siempre fueron los procesos
de lucha los que fueron uniendo a actores dispersos,
construidos en la dinámica de peleas locales.
Su accionar sitúa en el centro la recuperación
de los derechos, (derecho al agua, a la vivienda, al
trabajo, a la tierra, etc), tomados o amenazados por
políticas privatizadoras. Se entiende que estos
derechos han sido parte de una lógica histórica
y que no pueden ser arrebatados.
La definición principal de estos movimientos
sociales no está entonces dada por la adscripción
del movimiento a una esquema político-ideológico
de izquierdas o derechas, sino más bien se situaría
en una lectura de la lucha de clases. Los movimientos
sociales se definirían más bien en términos
clasistas, con una profunda raíz reivindicativa.
Una división entre los que tienen y los que no
tienen, sumando en este esfuerzo también a los
que ven amenazados, o pueden perder sus derechos.
La reivindicación constituye el epicentro del
accionar del movimiento social. Pero no se trata de
ver esto como un sistema de circuito cerrado. Los movimientos
actuales han aprendido a sumar banderas en función
de lograr mayor amplitud y mayor fuerza en los golpes
que dan.
Las reivindicaciones se suman una a otras permitiendo
un proceso de visualización de un escenario más
amplio en el cual las causas estructurales de los problemas
se hacen más visibles. Sin embargo, esto también
complejiza a un movimientos social que no vive, salvo
excepciones como lo es el caso del MST brasileño,
un proceso de formación politico-ideológica
que le permita entender los alcances de su proceso de
recuperación de derechos.
El llamado proceso de politización de los movimientos
sociales, su transformación en sujeto político
sigue siendo, en la mayoría de los países
del continente, un reto aún no asumido.
La complejidad de esta tarea, como lo demuestra la creación
del Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, nos
hace pensar que no será un tema de meses sino
de años. Incluso quizás décadas.Un
proceso lleno de avances y retrocesos que muchas veces,
sobretodo en el caso de los gobiernos populares, puede
generar cierta distancia entre el discurso oficial de
apoyo a la construcción de una nueva sociedad
socialista y los movimientos sociales exclusivamente
preocupados de sus reivindicaciones.
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